Hay algo mágico en escaparse unos días al campo.
Cambiar el ruido por los pájaros, el asfalto por los caminos de tierra y el reloj por las ganas de bajar al huerto, recoger cuatro tomates y alargar la sobremesa sin mirar la hora.
Para mí, el verano siempre empieza cuando llego a la aldea de mi abuela.