Hay quien dice que el verano dura dos meses.


En mi casa dura hasta que se acaba la arena dentro de los zapatos.

O nunca.

Porque los mejores veranos no se cuentan en semanas.

Se cuentan en rodillas llenas de rasguños, helados que gotean más rápido de lo que se comen y camisetas que acaban oliendo a sol.

En casa tenemos una norma muy importante.

Si aparece un árbol... se trepa.

Si aparece un río... se meten los pies.

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La ropa está para vivirla.

Para correr.

Para esconder piedras en los bolsillos.

Para encontrar conchas que luego nadie sabe de dónde salen en invierno.



Y para pasar de un hermano a otro con mil historias cosidas entre las costuras.

Nos gusta vestir igual que mamá algunas veces.

Y otras veces vestir cada uno como si hubiera elegido la ropa con los ojos cerrados.

Las dos opciones funcionan.

Porque las familias más bonitas nunca combinan del todo.

Solo se quieren mucho.

Y eso siempre queda bien.

Feliz verano.

Nos vemos donde haya sombra, una sandía fría y algún niño diciendo:

"¡Cinco minutos más!"