“Hay personas que meditan al amanecer. Yo intento encontrar el otro zapato.”
Hay una hora del día que muy poca gente conoce de verdad.
Las 7:43 de la mañana.
No las 7:30.
Ahí todavía existe la esperanza.
Ni las 8:00.
Ahí ya solo queda resignación.
Las 7:43.
Ese momento exacto en el que una casa con niños deja de parecer una casa y empieza a parecer una prueba de supervivencia.
No sabemos quién decidió que los colegios empezaran tan pronto, pero sospechamos que nunca tuvo que convencer a un niño de que se pusiera unos calcetines cuando, claramente, hoy quería ir descalzo “porque así corro más”.
A esa hora, el café siempre está caliente… durante aproximadamente tres segundos.
Después pasa a un segundo plano porque alguien grita desde el pasillo:
— ¡Mamá! ¡No encuentro el otro zapato!
Y, curiosamente, el otro zapato nunca está donde debería estar.
Está debajo del sofá.
Dentro de una caja de juguetes.
En la terraza.
O, en casos de máxima creatividad infantil, dentro de la nevera. No preguntéis cómo. Tampoco queremos saberlo.
Mientras tanto, la tostada se enfría.